Un día como cualquier otro me encontraba en mi casa conectada a internet cuando se conecta una amiga con la que había estudiado en la universidad. Hacía tiempo que no hablaba con ella, se había ido de Venezuela un par de años atrás y era muy poco lo que hablábamos.
En un momento me saluda y sin mucho preámbulo, me suelta la pregunta “¿Te gustaría trabajar acá?”. Mis ojos se abrieron y mil cosas vinieron a mi cabeza. Quería aceptar, de verdad que sí pero tenía un viaje planificado y pagado a México. Saldría en un par de días y ella quería que me fuera en 5 días porque necesitaban a la persona de una vez.
Total que quedamos en que me iría de viaje, si para cuando regresara no había conseguido a alguien entonces yo me iría. Volví de México el 10 de diciembre de 2007 y no supe nada de ella.
Varios meses pasaron y yo ya ni me acordaba de aquella propuesta de trabajo. Seguía sumergida en mi vida tal y como la llevaba desde hacía varios años. Aún vivía con mis padres. Desde hacía ya un par de años había decidido mudarme sola pero la situación económica no me lo permitía, cada vez se hacía más difícil conseguir dónde vivir y a un precio asequible.
11 de julio de 2008, estaba nuevamente en mi computadora cuando mi amiga se conecta. “¿Aún te interesa venir a trabajar aquí?”. Mi respuesta fue inmediata, creo que ni la dejé terminar de escribir. Sí, le dije de una vez. No lo pensé, no lo medité, ni siquiera volteé a mirar a mi pareja que estaba en ese momento conmigo. Fue algo instintivo, quizá el saber que se me había dado una segunda oportunidad y no querer desperdiciarla, además de reconocer que era la mejor oportunidad de salir del país con algo seguro. Porque aunque muchos no quieran aceptarlo, las oportunidades en Venezuela cada vez son menos, las posibilidades de crecer son casi nulas y las esperanzas de tener algo tuyo, de sembrarlo y verlo cosechar, te las arrebatan día a día a punta de pistola.
El lunes siguiente me confirmaron que estaba contratada y así fue que comenzó la odisea de una semana llena de todo menos de tiempo para ponerse sentimental. Debía estar en República Dominicana a más tardar el 22 de julio y siendo temporada alta me costó un mundo conseguir pasaje, por supuesto que ni pensar en el cupo de Cadivi y que debía dejar las cosas de mi trabajo en orden. Mi papá se quedó a cargo de mis clientes y le entregué todo a él. También existía la posibilidad de no lograr mis objetivos en RD y en caso de volver era bueno poder contar con el trabajo que había realizado por casi 5 años en buenas manos.
Siempre que la gente me pregunta cómo llegué aquí les digo que un día me ofrecieron trabajo y en una semana guardé mi vida en una maleta y estaba aquí. Así fue, nunca olvidaré el día que me fui de Mérida, domingo 20 de julio y estaba con algunas (todas no podían estar) de las personas que me quieren en el terminal de pasajeros. Todo transcurrió muy tranquilo, hablábamos, reíamos y la verdad no pensábamos mucho, hasta que anunciaron que debía abordar el autobús. En ese preciso momento me entró, no sé si fue un ataque de pánico muy ligero, o un ataque de ansiedad pero supe de inmediato que eso era, que ahí se terminaba mi vida tal como la conocía y que todas esas caras alrededor de mí ya no formarían parte de mi día a día, que no despertaría en las mañana y acompañaría a mi mamá a desayunar, que ya no me sentaría en la mesa del comedor con mi papá conversar de tantas cosas que al final siempre terminaban en una semi discusión porque la mayoría de las veces no nos poníamos de acuerdo, que me iba con la incertidumbre de si volvería a ver a quien se había convertido en parte de mi vida y de mi ser y que amaba con el alma, que quizá ya no volvería a ver a algunos de ellos pero que con seguridad todos todos me harían una falta enorme.
Así me fui de la ciudad que me recogió a mí a mi familia hace 20 años y que se ha convertido en uno de los lugares más importantes de mi vida, en un lugar que tomé por sentado durante muchísimos años y que ahora que lo pienso debí valorar más. Hoy por hoy doy gracias a todas esas personas que me acompañaron esa noche y que aún conservo en mi vida, salvo un ángel que desde hace unos meses me cuida desde donde quiera que esté, y que sé que me esperan con los brazos abiertos para cuando sea el momento de regresar.