Archivos diarios: 11 noviembre, 2010

El inicio de un nuevo comienzo (II)

El inicio de un nuevo comienzo (II)

Viene de aquí.

Con quinientos dólares y una maleta llegué a un país del que casi nada conocía y que a partir de ese momento se convertiría en mi residencia por quién sabe cuánto tiempo.

Más de 4 horas viajé hasta mi lugar de destino y en el camino, la sensación de susto crecía cada vez más. ¿Cómo sería el lugar en el que me tocaría vivir? ¿Cómo serían mis compañeros de trabajo? ¿Me gustaría el trabajo? Muchas eran las interrogantes que venían a mí y se mezclaban con el cansancio del viaje y de los preparativos.

Finalmente llegué a lo que será mi nuevo hogar y ya casi le pedía al taxista que me regresara al aeropuerto para tomar el próximo viaje de regreso. En la calle no había ni un poste de luz, todo era terriblemente oscuro y fácilmente se podían ver 10 motos por cada carro transitando. Las calles se veían solas y no había un sólo edificio. Me sentía en un lugar completamente desolado.

El alojamiento de empleados del hotel en el que trabajaría sería mi nuevo hogar. El lugar se encontraba igualmente entre penumbras y eran edificios de dos pisos de altura con pasillos largos. Eran las 9 de la noche y mi viaje había iniciado 12 horas antes. Ahí me recibió mi amiga y me llevó a lo que sería mi futura habitación, sólo que aún no lo sabía. Durante la noche, la sensación de querer regresar aumentaba y llegué a dudar que lograría adaptarme al lugar.

Al día siguiente comenzaría a trabajar a las 3 de la tarde y en la mañana debía hacer todo el papeleo en Recursos Humanos, además de ir a tomarme las fotos, hacerme exámenes médicos y un montón de cosas más. Me subí por primera vez a un motoconcho y no sólo iba yo, un compañero de trabajo que había ofrecido acompañarme iba en la moto también. Sí, así fue como supe que ése sería mi medio de transporte para todo lo que quisiera hacer y que podíamos ir dos personas junto al “chofer”.

Los primeros días no fueron nada fácil, no tenía teléfono, no tenía internet y comunicarme con mi familia y conocidos era complicadísimo.  Por otro lado me mantenía ocupada en el trabajo y no pensaba mucho. Sin embargo, el primer domingo fue un día en particular muy triste. Parece mentira que a pesar de haber trabajado y estar ocupada, la sensación del día no desaparece, es el típico día en el que estás en casa, pasas más tiempo con tu familia y aunque no siempre es así, siempre habrá otro domingo en el que lo harás.

Así poco a poco pasó el tiempo y yo comencé a acostumbrarme a esa nueva vida. Unos días me tocaba trabajar de 7am a 3pm, y otros de 3pm a 11pm. Una de las cosas que más me gustaba de salir a las 11 de la noche es que justo en esa época, la constelación de Escorpión se ve en todo su esplendor y todas las noches salía de la oficina caminando los casi 3 kilómetros que había entre el hotel y el alojamiento, escuchando música y viendo a ese cielo que en ninguna ciudad se ve tan estrellado y que aquí, precisamente por la poca luz que hay en la calle, nos da la oportunidad de disfrutar de ese espectáculo.

Por primera vez en mi vida pasé una navidad lejos de mi familia. La navidad aquí, ese año particularmente pasó por encima de mí, yo ni cuenta me di cuando comenzó ni cuando terminó. En ninguna parte se veían adornos (ni hablar de luces), no existe toda esa algarabía que caracteriza a las navidades venezolanas. Y ni se diga de las comidas típicas de la fecha, olvídense de hallacas, pan de jamón, pernil, ponche crema, nada de eso. A decir verdad, a mí todo ese alboroto de diciembre nunca me ha gustado mucho, me alteran las multitudes en los centros comerciales y en el centro de la ciudad sobre todo, y me enerva la música a todo volumen en cuanto negocio existe. Sin embargo, he de reconocer que lo extraño, aquí la gente es tan apática que ni navidad parece.

A los dos meses recibí el mejor regalo de cumpleaños, esa persona a quien había dejado siete meses atrás en Venezuela sin saber si algún día la encontraría de nuevo, llegó para visitarme por un par de meses y hace un año y medio que se quedó.

Desde entonces han sido muchos los cambios. Dejé el trabajo del hotel, nos hemos mudado 5 veces en el último año, tuvimos y perdimos a Quentin, y ahora me encuentro haciendo lo mismo que hacía en Venezuela antes de salir. Lo cierto es que crecí y no me di cuenta. Me hice adulta sin notarlo y ahora vivo mi vida, y la comparto con alguien más,  hasta me preocupo por cosas que nunca antes me habían preocupado. No ha sido fácil pero definitivamente ha sido una experiencia enriquecedora. Los pocos años que llevo aquí me han servido para darme cuenta que crecí en el lugar correcto, bajo las circunstancias perfectas y rodeada de los seres perfectos. Sin nada de eso yo no estaría donde estoy.

 

“No sé” y “No puedo”, no forman parte de mi diccionario práctico.