Si bien una de las cosas que he encontrado más satisfactorias en esta ciudad ha sido el servicio de transporte público, hoy fui, indirectamente, víctima (en dos oportunidades) de su única desventaja. Más adelante escribiré acerca de los beneficios de este servicio y el por qué pienso que algunos rosarinos deben ser un poco más objetivos al momento de criticarlo.
Sólo existen dos maneras de pagar los colectivos (carritos, buseta, gua gua, por puesto, etc.) una vez que te subes. Con dos pesos (justos obligatoriamente y en monedas) o con una tarjeta mágnetica que se compra en ciertos puntos de la ciudad y que viene precargada de varios viajes. Si no tienes una o la otra, coloquialmente “tejo” porque no puedes pagarle al conductor, ni éste darte cambio o monedas.
Hasta el día de hoy siempre había tenido la oportunidad de conseguir tarjetas y nunca me había encontrado en la necesidad de utilizar monedas que, dicho sea de paso, no se consiguen con mucha facilidad.
Esta mañana salí de hacerme unos análisis con un dolor abdominal que poco me dejaba caminar y me di cuenta que a la tarjeta del colectivo que tenía ya se la habían acabado los viajes, y sólo tenía billetes por lo que me dispuse a comprar una tarjeta nueva. Realmente no puedo decir cuántas cuadras caminé ni en cuántos negocios entré pero ninguno tenía la dichosa tarjeta y en lo que medio les asomaba la idea de cambiarme el billete por dos monedas, el “no” era tan rotundo que aún retumba en mi cabeza, ni siquiera llegaba a completar la pregunta cuando ya me respondían tajantemente. Ni siquiera mi palidez y evidente malestar fueron suficientes para que sintieran un poco de compasión y quisieran ayudarme.
Al final de cuentas decidí olvidarme de los mini markets, kioscos y demases (ya que en ninguno me ayudarían), y entré a un cafetín a ver si me cambiaban el billete. Entro y hablo con un chico que se encontraba en la barra y le comento que vengo caminando desde hace rato y no consigo tarjeta, que no hay cambio.. en fin, la historia completa, cuando de repente un compañero de él (al que no había visto), se me acerca por detrás y con una voz denotando poca credulidad dice que no es posible que no encontrara tarjeta, que por ahí en todas partes se conseguía. A decir verdad poco no me faltaba para explotar frente a él ante la impotencia de mi malestar y la frustración de no conseguir el que alguien me ayudara. Total que ahí me tuvieron como 10 minutos hasta que me cambiaron el billete.
En horas de la tarde y luego de haber tomado el medicamento que aliviara el dolor, me dispongo a salir a una reunión de trabajo y paso por un mini market a la vuelta de la casa para comprar la tarjeta o a lo sumo para que me cambiaran el billete (apostando a la buena fé de los vecinos que me conocen) puesto que para donde iba sabía que sí conseguiría tarjetas. Al llegar al sitio, la mujer me saluda mientras recibe un pago en puras monedas de otro cliente, le pregunté si tenía tarjetas y me dijo que no, procedo a preguntarle si me puede ayudar cambiándome el billete a lo que recibo el peor y más seco “no” que haya escuchado en mi vida.. ¡O sea! Ni siquiera la decencia de decir que no tenía, como los otros, sino que aparte de yo haber visto que recibió al menos 10 pesos en monedas fue capaz de negármelo con la caradurez (sé que no existe la palabra pero no hay otra que la describa) más grande que haya visto. Nuevamente tras caminar varios minutos, conseguí alguien que me pudiera cambiar el billete y poderme ir (no sin antes haber perdido 3 colectivos).
Obvio que a ese sitio no entro más, de hecho, me encantaría ir a comprar un dulce de 1,25 pesos con un billete de 100 y comérmelo antes de que se dé cuenta, y luego decirle (con la misma caradurez): “no tengo sencillo”.