Comfortably Numb

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Homofobia, ¡No!

El 17 de mayo de 1990, la Asamblea Mundial de la Salud (OMS) eliminó la homosexualidad de su listado de enfermedades mentales (en el que nunca debió haber estado). Desde entonces se celebra este día como el Día Internacional Contra La Homofobia. Sin embargo, el trabajo por el reconocimiento y la igualdad social para personas lesbianas, gays, transexuales, transgénero, y bisexuales no ha terminado.

En 76 países todavía se criminaliza la homosexualidad y se condenan los actos sexuales entre personas del mismo sexo con penas de prisión, llegando incluso a la pena de muerte en naciones como Irán, Mauritania, Arabia Saudí, Sudán y Yemen, y en algunos lugares de Nigeria y Somalia.

Ciertamente esta una lucha que se debe hacer a diario.. Es increíble la cantidad de crímenes, ataques, rechazos e incluso expulsiones dentro de la familia que se ven hoy en día por el simple hecho de tener una orientación sexual diferente a la que se ha intentado hacer ver que es la única y correcta.

Yo insto a todas estas personas que rechazan la homosexualidad a que vayan un poco más allá de los que sus ojos ven. Que reflexionen en la posibilidad de que su hermano, su mejor amigo de la infancia, o incluso su propio hijo puedan ser gays y que sencillamente no se han atrevido a decírselo por miedo al rechazo, por miedo a desencadenar una reacción violenta. Sin embargo yo creo que nada de eso haría más daño que el que se crea al tener que vivir reprimiendo los sentimientos, al tener que luchar contra lo que deseas en pro de obtener aceptación y tener la oportunidad de vivir una vida más “cómoda”.

La homofobia no es más que una real y gran ignorancia, un miedo a lo diferente.

Estamos felices de atenderte

Unos días después de publicar esta entrada me encontré con un volante en un negocio que me hizo recordarla y que en cierta forma engloba lo que al final de la nota quise decir.. Así que aquí se los comparto porque bien vale la pena leerlo.

Estamos felices de atenderte

“El camarero trabajaba en la máquina de café. Giró y colocó tres tazas vacías perfectamente alineadas en la barra.

– Observa bien estas tres tazas – le pidió el camarero.

– ¿Qué tienen de especial?

– Aparentemente nada repuso el camarero – ¿verdad que las ves iguales?

– Sí.

– ¡Pues no lo son!

Ariadna contempló expectante las tres tazas vacías mientras el hombre se ponía bien el brazalete antes de iniciar, feliz y sonriente, su explicación.

– He calculado que el contacto de un camarero con cada cliente que pide un café no supera en promedio un minuto escaso. Es el tiempo que suman el saludo y la pregunta: ¿Qué desea tomar?, lo que te pide el cliente, cuando ponés la taza sobre la mesa, la hora de pasar la cuenta y la despedida cuando se marcha. Son muchos momentos diferentes, pero el verdadero contacto entre el camarero y el cliente no supera en conjunto el minuto.

– ¿Y qué significa eso?

– ¡Significa que es una oportunidad!. Independientemente de la calidad del café, que es lo de menos, en ese minuto el camarero tiene ante sí tres opciones o, mejor dicho, tres posibles resultados que dependen de su actitud.

Tras decir eso, el camarero hizo una breve pausa para encontrar las palabras más adecuadas. Luego explicó:

– En ese minuto puedes conseguir que la persona: se marche peor de lo que ha llegado si eres grosero, o bien puede irse igual que ha venido si lo tratas con indiferencia. Pero también tienes la oportunidad de que salga del café mejor que como ha entrado si le regalas un poco de amabilidad.

– ¿Y eso es todo? dijo Ariadna sin ocultar su decepción-. Pero ¿qué tiene que ver eso con el sentido de la vida?

– ¡Este es justamente el sentido de la vida!, y no sólo para los camareros. Todos tenemos cada día decenas de pequeños y grandes contactos con los demás. Nuestro reto es conseguir el tercer resultado: que su día sea un poco mejor después de estar con nosotros. ¡Este es el desafío!. ¡El premio gordo de cada encuentro!

Al escuchar esto, Ariadna se quedó pensativa. El camarero entonces le guiñó el ojo y se despidió así:

– Y ahora debo irme, tenemos muchos días qué mejorar!

Fragmento extraído de “El laberinto de la felicidad” de Alex Rovira y Francesc Miralles