A mí no me vengas con tus gérmenes

Desde siempre, (quienes me conocen desde entonces) las personas me han catalogado como una persona muy escrupulosa, y es que basta con verme lavarme las manos o los dientes para darse cuenta. Algunos me llegaron a preguntar si alguna vez estudie medicina por la forma en que lavo mis manos, pues lo hago con mucho detenimiento y me enjuago muy bien cada dedo, escurro todo el jabón y me seco hasta tener las manos completamente secas. Y si puedo usar una toalla de papel, mejor.

Reconozco que puedo llegar a ser un poco obsesiva con el tema pero he aprendido a vivir con ello y a entender que existen momentos en los que no puedo evitar tener que dejar pasar algunas situaciones.

Vivo constantemente pendiente de lavarme las manos, lo hago al entrar al baño y al salir. Llevo conmigo un envase de gel antibacterial y lo uso regularmente. Nunca voy a baños públicos y si entro en alguno por la mera necesidad de lavar mis manos, abro la puerta con una toalla de papel. Podría continuar mencionando cosas similares pero creo que ya hice entender mi punto de vista.

El año pasado con el tema de la gripe porcina, en mi trabajo se creó una alerta bastante fuerte y mis hábitos no se hicieron esperar. Recibíamos huéspedes de todas partes del mundo (para ese entonces seguía en el hotel) y teníamos constante contacto con ellos.

En las mesas de nuestra oficina colocaron unos dispensadores de gel antibacterial para promover su uso entre los empleados y los mismos huéspedes, además de otras medidas de prevención.

Un día, yo acababa de llegar a la oficina (gazebo le decimos en el hotel) de atender a unos huéspedes con un problema en el área y me senté en mi escritorio, tomé un poco el gel antibacterial y que entra el director del hotel con uno de los altos ejecutivos que venía de la central del hotel en España y se me acerca para presentármelo. El señor me extiende la mano, y ahí voy yo a decirle “Lamento no poder darle la mano pues acabo de colocar gel en mis manos”, el hombre muy amablemente con un ademán me dio a entender que no me preocupara y continuó su camino junto al director del hotel quien en el momento de abrirle la puerta al don, volteó a fulminarme con una mirada que nunca olvidaré. Y es que lo que a mi parecer fue un gesto considerado para con la visita, para el resto de los presentes no fue más que un “Disculpe, acabo de desinfectar mis manos y no deseo contaminarlas tocando la suya”.

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