El inicio de un nuevo comienzo (II)

Viene de aquí.

Con quinientos dólares y una maleta llegué a un país del que casi nada conocía y que a partir de ese momento se convertiría en mi residencia por quién sabe cuánto tiempo.

Más de 4 horas viajé hasta mi lugar de destino y en el camino, la sensación de susto crecía cada vez más. ¿Cómo sería el lugar en el que me tocaría vivir? ¿Cómo serían mis compañeros de trabajo? ¿Me gustaría el trabajo? Muchas eran las interrogantes que venían a mí y se mezclaban con el cansancio del viaje y de los preparativos.

Finalmente llegué a lo que será mi nuevo hogar y ya casi le pedía al taxista que me regresara al aeropuerto para tomar el próximo viaje de regreso. En la calle no había ni un poste de luz, todo era terriblemente oscuro y fácilmente se podían ver 10 motos por cada carro transitando. Las calles se veían solas y no había un sólo edificio. Me sentía en un lugar completamente desolado.

El alojamiento de empleados del hotel en el que trabajaría sería mi nuevo hogar. El lugar se encontraba igualmente entre penumbras y eran edificios de dos pisos de altura con pasillos largos. Eran las 9 de la noche y mi viaje había iniciado 12 horas antes. Ahí me recibió mi amiga y me llevó a lo que sería mi futura habitación, sólo que aún no lo sabía. Durante la noche, la sensación de querer regresar aumentaba y llegué a dudar que lograría adaptarme al lugar.

Al día siguiente comenzaría a trabajar a las 3 de la tarde y en la mañana debía hacer todo el papeleo en Recursos Humanos, además de ir a tomarme las fotos, hacerme exámenes médicos y un montón de cosas más. Me subí por primera vez a un motoconcho y no sólo iba yo, un compañero de trabajo que había ofrecido acompañarme iba en la moto también. Sí, así fue como supe que ése sería mi medio de transporte para todo lo que quisiera hacer y que podíamos ir dos personas junto al “chofer”.

Los primeros días no fueron nada fácil, no tenía teléfono, no tenía internet y comunicarme con mi familia y conocidos era complicadísimo.  Por otro lado me mantenía ocupada en el trabajo y no pensaba mucho. Sin embargo, el primer domingo fue un día en particular muy triste. Parece mentira que a pesar de haber trabajado y estar ocupada, la sensación del día no desaparece, es el típico día en el que estás en casa, pasas más tiempo con tu familia y aunque no siempre es así, siempre habrá otro domingo en el que lo harás.

Así poco a poco pasó el tiempo y yo comencé a acostumbrarme a esa nueva vida. Unos días me tocaba trabajar de 7am a 3pm, y otros de 3pm a 11pm. Una de las cosas que más me gustaba de salir a las 11 de la noche es que justo en esa época, la constelación de Escorpión se ve en todo su esplendor y todas las noches salía de la oficina caminando los casi 3 kilómetros que había entre el hotel y el alojamiento, escuchando música y viendo a ese cielo que en ninguna ciudad se ve tan estrellado y que aquí, precisamente por la poca luz que hay en la calle, nos da la oportunidad de disfrutar de ese espectáculo.

Por primera vez en mi vida pasé una navidad lejos de mi familia. La navidad aquí, ese año particularmente pasó por encima de mí, yo ni cuenta me di cuando comenzó ni cuando terminó. En ninguna parte se veían adornos (ni hablar de luces), no existe toda esa algarabía que caracteriza a las navidades venezolanas. Y ni se diga de las comidas típicas de la fecha, olvídense de hallacas, pan de jamón, pernil, ponche crema, nada de eso. A decir verdad, a mí todo ese alboroto de diciembre nunca me ha gustado mucho, me alteran las multitudes en los centros comerciales y en el centro de la ciudad sobre todo, y me enerva la música a todo volumen en cuanto negocio existe. Sin embargo, he de reconocer que lo extraño, aquí la gente es tan apática que ni navidad parece.

A los dos meses recibí el mejor regalo de cumpleaños, esa persona a quien había dejado siete meses atrás en Venezuela sin saber si algún día la encontraría de nuevo, llegó para visitarme por un par de meses y hace un año y medio que se quedó.

Desde entonces han sido muchos los cambios. Dejé el trabajo del hotel, nos hemos mudado 5 veces en el último año, tuvimos y perdimos a Quentin, y ahora me encuentro haciendo lo mismo que hacía en Venezuela antes de salir. Lo cierto es que crecí y no me di cuenta. Me hice adulta sin notarlo y ahora vivo mi vida, y la comparto con alguien más,  hasta me preocupo por cosas que nunca antes me habían preocupado. No ha sido fácil pero definitivamente ha sido una experiencia enriquecedora. Los pocos años que llevo aquí me han servido para darme cuenta que crecí en el lugar correcto, bajo las circunstancias perfectas y rodeada de los seres perfectos. Sin nada de eso yo no estaría donde estoy.

 

“No sé” y “No puedo”, no forman parte de mi diccionario práctico.

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Claro que sí señor pero no

Hace unos meses estuve hospitalizada por dos días en una clínica, nada grave en realidad pero era necesario el mantenerme en observación por los medicamentos, además de tener que hacerme una biopsia de piel. El día de mi salida, aparte de no ser notificada con tiempo que me darían de alta, el seguro decide que debo pagar una diferencia porque mi condición era preexistente, sin embargo ésta no lo era y ahí me tuvieron durante 4 horas tratando de justificar el por qué debí pagar los casi cien dólares de diferencia.

Entre tanto, la encargada de administración, aprovechándose de conocer mi posición en una conocida firma de corredores de seguros del país, no perdió oportunidad de mofarse de mi “poco conocimiento” ante lo que mi póliza debía cubrirme o no, y que ella no sabía qué hacía yo en esta empresa. Todo esto al teléfono con una operadora de la asegurada y yo delante de ella, teniendo que morderme la lengua para no decirle lo que realmente quería decir porque “trabajo para una empresa colaboradora de la clínica y debía mantener mi posición”. Juro que casi no me importa pero ahí me quedé, escuchando una y otra vez sus burlas, su falta de respeto y prepotencia como si yo no estuviera allí.

Pasadas las 4 horas, y yo que ya estaba al borde de desespero queriendo irme para mi casa, no se veía una solución viable así que decidí llamar a uno de los jefes de la aseguradora para plantearle la situación y ver cómo lo podíamos resolver. Como ya pasaban de las 6 de la tarde y el médico no me daría el informe sino hasta el otro día, me convence de pagar la diferencia y que al yo recibir el informe, lo enviara con una solicitud de reembolso que ellos me lo pagarían. Total que lo pagué y me fui a mi casa. Debo acotar que de haber estado en plena capacidad física y anímica de soportarlo, no lo habría pagado y me hubiese quedado ahí esperando por la solución.

Cuál es mi sorpresa que cuando llego a mi oficina tras el reposo (3 días después), mi jefa me informa que el director de la clínica la llamó para decirle que yo había armado un alboroto ese día, que le grité a medio mundo y que además había escrito 3 hojas con las quejas, reclamando de todo. O sea, no sólo tuve que calarme el mal momento con la inepta sino que la mujer fue donde su supervisora a decir que todo lo que ella me hizo a mí, se lo había hecho yo a ella.

En cuanto a las 3 hojas de reclamación, pedí que me las mostraran pues no recordaba haberlas escrito (obvio que ni las escribí y tampoco me las mostraron) pero de algo sí estoy segura. Yo, como persona que se ha dedicado toda su vida al servicio, si me entregan 3 hojas con quejas, lejos de reclamarlo o molestarme, lo agradecería pues es la mejor manera de poder mejorar el servicio. Tal parece que aquí eso es una ofensa.

Una vez me entregaron el informe del médico, procedo a enviarlo para su reembolso y ya van dos veces que me dicen que no procede por tratarse de una enfermedad preexistente (pero el informe dice claramente que no refiere ninguna preexistencia). Lo último fue que hoy hablé con el director, el mismo que me dijo que lo pagarían, y su respuesta fue un simple “la empresa está negada a pagarlo”.

Apartando mi relación con la aseguradora y la clínica, yo soy un cliente más y encuentro completamente inapropiado que una empresa tome una decisión sencillamente porque ellos consideran que tienen la razón muy a pesar de lo que el profesional y experto en la materia dice.

Ahora, como representante de cientos (quizá miles) de clientes que se encuentran asegurados en esa empresa, me pregunto qué pasará el día que uno de ellos venga a mí con una situación similar y yo no pueda decirle más que “Lo siento señor, usted tiene toda la razón pero la aseguradora no le pagará”.

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El inicio de un nuevo comienzo (I)

Un día como cualquier otro me encontraba en mi casa conectada a internet cuando se conecta una amiga con la que había estudiado en la universidad. Hacía tiempo que no hablaba con ella, se había ido de Venezuela un par de años atrás y era muy poco lo que hablábamos.

En un momento me saluda y sin mucho preámbulo, me suelta la pregunta “¿Te gustaría trabajar acá?”. Mis ojos se abrieron y mil cosas vinieron a mi cabeza. Quería aceptar, de verdad que sí pero tenía un viaje planificado y pagado a México. Saldría en un par de días y ella quería que me fuera en 5 días porque necesitaban a la persona de una vez.

Total que quedamos en que me iría de viaje, si para cuando regresara no había conseguido a alguien entonces yo me iría. Volví de México el 10 de diciembre de 2007 y no supe nada de ella.

Varios meses pasaron y yo ya ni me acordaba de aquella propuesta de trabajo. Seguía sumergida en mi vida tal y como la llevaba desde hacía varios años. Aún vivía con mis padres. Desde hacía ya un par de años había decidido mudarme sola pero la situación económica no me lo permitía, cada vez se hacía más difícil conseguir dónde vivir y a un precio asequible.

11 de julio de 2008, estaba nuevamente en mi computadora cuando mi amiga se conecta. “¿Aún te interesa venir a trabajar aquí?”. Mi respuesta fue inmediata, creo que ni la dejé terminar de escribir. Sí, le dije de una vez. No lo pensé, no lo medité, ni siquiera volteé a mirar a mi pareja que estaba en ese momento conmigo. Fue algo instintivo, quizá el saber que se me había dado una segunda oportunidad y no querer desperdiciarla, además de reconocer que era la mejor oportunidad de salir del país con algo seguro. Porque aunque muchos no quieran aceptarlo, las oportunidades en Venezuela cada vez son menos, las posibilidades de crecer son casi nulas y las esperanzas de tener algo tuyo, de sembrarlo y verlo cosechar, te las arrebatan día a día a punta de pistola.

El lunes siguiente me confirmaron que estaba contratada y así fue que comenzó la odisea de una semana llena de todo menos de tiempo para ponerse sentimental. Debía estar en República Dominicana a más tardar el 22 de julio y siendo temporada alta me costó un mundo conseguir pasaje, por supuesto que ni pensar en el cupo de Cadivi y que debía dejar las cosas de mi trabajo en orden. Mi papá se quedó a cargo de mis clientes y le entregué todo a él. También existía la posibilidad de no lograr mis objetivos en RD y en caso de volver era bueno poder contar con el trabajo que había realizado por casi 5 años en buenas manos.

Siempre que la gente me pregunta cómo llegué aquí les digo que un día me ofrecieron trabajo y en una semana guardé mi vida en una maleta y estaba aquí. Así fue, nunca olvidaré el día que me fui de Mérida, domingo 20 de julio y estaba con algunas (todas no podían estar) de las personas que me quieren en el terminal de pasajeros. Todo transcurrió muy tranquilo, hablábamos, reíamos y la verdad no pensábamos mucho, hasta que anunciaron que debía abordar el autobús. En ese preciso momento me entró, no sé si fue un ataque de pánico muy ligero, o un ataque de ansiedad pero supe de inmediato que eso era, que ahí se terminaba mi vida tal como la conocía y que todas esas caras alrededor de mí ya no formarían parte de mi día a día, que no despertaría en las mañana y acompañaría a mi mamá a desayunar, que ya no me sentaría en la mesa del comedor con mi papá conversar de tantas cosas que al final siempre terminaban en una semi discusión porque la mayoría de las veces no nos poníamos de acuerdo, que me iba con la incertidumbre de si volvería a ver a quien se había convertido en parte de mi vida y de mi ser y que amaba con el alma, que quizá ya no volvería a ver a algunos de ellos pero que con seguridad todos todos me harían una falta enorme.

Así me fui de la ciudad que me recogió a mí a mi familia hace 20 años y que se ha convertido en uno de los lugares más importantes de mi vida, en un lugar que tomé por sentado durante muchísimos años y que ahora que lo pienso debí valorar más. Hoy por hoy doy gracias a todas esas personas que me acompañaron esa noche y que aún conservo en mi vida, salvo un ángel que desde hace unos meses me cuida desde donde quiera que esté, y que sé que me esperan con los brazos abiertos para cuando sea el momento de regresar.

Cicatrices del Alma (II)

En el post Cicatrices del Alma (I), comento que para el momento en que la persona que me hizo la pregunta sobre el momento más triste de mi vida, sólo un evento ocupaba ese espacio pues desde entonces y hasta hace unos meses, no había sentido algo similar. Esto no quiere decir que no haya tenido otras experiencias tristes en mi vida pero estas dos me han marcado de una manera especial por la forma en que ocurrieron porque de ninguna manera las veía venir y mucho menos las esperaba.

Hoy les comparto una carta que le escribí a mi perrito, sí perrito. Y se preguntarán por qué le escribo a un perro. Bueno, para empezar para mí no fue un perro cualquiera, fue una personita que ocupó un espacio especial en mi vida y con esta carta, de alguna manera me despido de él.

Hasta Siempre Q

Hola mi Pichu, quiero contarte una historia, en realidad es un poco nuestra historia.

Quizá hay algo que tú no sabes y es que yo nunca había tenido un perro antes de ti, de hecho nunca consideré el tener uno, creía que no me gustaban, es difícil de creer, ¿verdad? Fue por Ale que decidí buscarte, en realidad fue ella quien te eligió a ti y desde el primer día que llegaste a la casa nos robaste el corazón. Te nombramos Quentin, me dejaron escoger el nombre y como siempre había dicho que de tener un perro, lo llamaría así pues así te quedaste. Eras tan chiquito que cabías en la palma de mis manos, tan indefenso, tan dulce que solo provocaba amapucharte y llevarte a todos lados. Eras travieso pero muy inteligente desde el primer día, entendías todo lo que se te decía.

Siempre dije que eras un perrito accidentado. En los primeros meses con nosotras te pasó de todo.. El primer día que te llevamos a la playa (tenías como 2 meses y medio), te metiste entre unas matas y saliste lleno de cadillos. Pasamos como 2 horas tratando de quitártelos todos (entre 3 personas) mientras te quejabas y chillabas del dolor, hasta tuvimos que cortarte los pelitos de las patas de la cantidad que tenías.

Otro día, llegaste al cuarto chillando como nunca del dolor y no entendíamos qué te pasaba, nunca olvidaré el sonido que producías, nos tenías asustadas pues no podíamos comprender qué tenías. Cuando decidimos salir para llevarte al veterinario, encontramos una avispa es la sala y conociéndote, supimos de inmediato que te habías puesto a molestarla y que te había picado. Aún así te llevamos al veterinario por si acaso te daba una reacción alérgica y pasaste el resto del día sin poder apoyar la patica en la que te picó.

A veces nos volvías locas trayendo todos tus juguetes y colocándolos encima de los pies para que te los lanzáramos, podías estar en eso todo el día. Y si no te hacíamos caso, nos mordías suavemente los dedos para llamar la atención, la verdad es que no te quedabas quieto ni un minuto… Creo que daría lo que no tengo porque volvieras a hacer eso.

Fuiste realmente maravilloso, la mejor compañía que alguien pudiera tener. Hicimos todo lo que pudimos para cuidarte y protegerte menos darnos cuenta que teníamos que protegerte dentro de nuestra propia casa, y eso lo lamento tanto. Un día como cualquier otro saliste al patio del frente y al entrar a la casa ya no eras el mismo, algo habías comido. Reconozco que mi capacidad de reacción fue tardía, quizá eso habría marcado la diferencia.

Cuando llegamos a la veterinaria ya casi no respirabas, creo que todo el edificio me escuchaba gritar tu nombre para ver si de alguna manera te dabas cuenta que yo estaba ahí y regresabas. Nunca olvidaré que te tuvimos que dejar en esa mesa fría en la que tantas veces estuviste estresado sabiendo que te puyarían cuando te llevábamos a poner las vacunas. No puedo negar que aún y cuando sabía que no era posible, soñaba con que al día siguiente te encontraríamos vivo en esa mesa, que solo te habías desmayado y que la medicina sí había surtido efecto al final. Por supuesto que no fue así pero se vale soñar, ¿no?

Pocos días después llevamos tus cenizas a la playa, al mismo sitio que te llevamos la última vez y las esparcimos ahí. No puedo explicar la sensación de paz que sentí al hacerlo, sentí que por fin te habíamos dejado descansar y que estarías feliz de recorrer esa playa a la que tanto te emocionaba ir. Nunca olvidaré cómo te movías de emoción en la moto cuando veías que íbamos llegando, movías las paticas de atrás incontrolablemente y siempre le decía a Ale “Ya comenzó a bailar” jaja. Eras lo máximo, de verdad.

Aunque la gente crea que es una locura pensarlo, yo sé que tú te sacrificaste para sacarnos de esa casa en la que tantos problemas tuvimos y de la que desde hacía meses queríamos mudarnos y no lo hacíamos por una u otra cosa. Parece mentira que tuviéramos que esperar a que te fueras para hacerlo.

Me regalaste la oportunidad de amarlos, de querer tener a otro perrito en mi vida que me llene de ese amor incondicional que solo ustedes saben dar, y de ofrecerle lo mismo a ellos.
En definitiva, sin ti mi vida habría sido muy vacía.. Muchas gracias Q!

Cicatrices del Alma (I)

Hace un tiempo, una persona que conocí me preguntó sobre una de las cosas más tristes que había vivido en vida. Para ese momento, sólo un evento ocupaba ese espacio en mi vida y no supe otra manera de explicárselo a esa persona que escribiéndolo.

Hoy les comparto ese escrito.

Mi Abuela

Desde pequeña tuve una relación muy especial con mi abuela materna, siempre tuvimos una conexión distinta, algo que nadie más podía entender… Yo fui su primera nieta y por mucho tiempo única hembra…

Recuerdo las visitas a su casa todos los fines de semana, donde nos reuníamos en familia a comer y pasar un rato juntos… En su nevera siempre había postres deliciosos y lo que uno quisiera siempre lo habría y si no lo había se preparaba.

Ella trabajaba con cerámica y tenía su taller en la parte de atrás del apartamento, donde creaba, pintaba sus piezas y se perdía en ese mundo de olor mohoso en compañía de las palomas que siempre se posaban en la ventana.

Era una mujer de carácter fuerte pero hermosa y dulce como los higos en almíbar que tanto le gustaban, conmigo no fue más que esa dulce mujer, entregada, amorosa y adorada… De verdad no puedo recordar haberla visto molesta más que un par de veces.

Recuerdo verla en la mesa del comedor (mesa que posteriormente heredó mi mamá y aún conserva) cosiendo en su máquina mientras con su pierna derecha echaba a andar el motor… Era tan hábil con sus manos, cosía, modelaba piezas en arcilla hermosas y por si fuera poco pintaba en acuarela. Eso sin contar las hermosas caricias que proporcionaban.

Una de esas veces que recuerdo verla tan enojada (con una de mis tías), estaba cosiendo en esa misma mesa… Salimos del cuarto dos de mis tías y yo, con un cuatro, una guitarra y unas marcas haciendo tal escándalo y espectáculo, ella muy dura, con su cara de brava… Finalmente no le quedó otra que reír con nosotras… Cómo me gustaría poder regresar en el tiempo y ver por un huequito esa escena… Cuánto daría!

Un par de años antes de venirnos a vivir a Mérida nos fuimos a vivir con ella y mis tías… Como no había tanto espacio, me tocó dormir con ella… Cosa que me encantaba, siempre se acostaba y pegaba sus pies a los míos y me pedía que le diera calor. Me enseñó a rezar y lo hacíamos todas las noches, era un momento especial… Recuerdo su olor, un olor a talco tan suave como el algodón. Recuerdo se lo ponía al salir del baño con una mopita de un envase redondo con detalles en color crema y marrón. Tampoco puedo olvidar como rociaba su rostro con agua Evian. No fue sino hasta muchos años después que supe que era agua mineral también, siempre creí que era ese envase con atomizador para rociar el rostro.

Son tantos los recuerdos de esa época… Las noches de diciembre y ella preparando hallacas (las mejores hallacas que jamás haya comido, lo siento mami) con una organización tal que mataría de envidia a cualquiera; la puerta batiente que daba de la cocina al comedor y la campanita para llamar a Yolanda (la señora que trabajaba en su casa y aún sigue en la familia) porque no soportaba los gritos; la pintura rugosa de la pared y el banquito de la sala que puyaba nuestras nalguitas; la jarra de plata y las copas de plata con su nombre y el de mi abuelo grabados en ellas; el Granada blanco en el que me encantaba acostarme en la parte de atrás encima del asiento y dejarme caer en él en una pendiente; sus jaquecas y como los masajes de Yolanda la calmaban; su amor por El Zorro y Maverick; ese paseo a la finca donde ordeñé por primera y única vez una vaca; los viajes a Bahía del Mar donde siempre se quedaba bajo la sombra con su traje de baño y sus lentes oscuros; el trébol de cuatro hojas de plata (que ahora tengo yo); cuando me enseñó a jugar Rummy y llegué a aprender tanto que hasta le gané un par de veces y ese ruidito tan peculiar que hacía cuando se molestaba o no le gustaba algo.

Lo que más me costó de venirme a vivir a Mérida fue separarme de ella, era muy difícil llegar a casa y que no estuviera, o esperarla cuando llegara del trabajo… Me hacían falta sus fríos pies al acostarnos para darle calor… En muchas oportunidades nos visitaba y mi hermano y yo viajábamos con frecuencia a Caracas…
Para ese entonces aún no teníamos teléfono en el nuevo apartamento y comunicarnos era muy difícil de manera que siempre nos escribíamos cartas, muchas de ellas aún las conservo.

La última vez que ella viajó a Mérida tuvo que regresarse antes de tiempo pues a una de mis tías debían operarla de emergencia. Recuerdo que todo fue muy rápido y casi no nos despedimos porque regresaría pronto, esas fueron sus palabras…

Mi mamá viajó a Caracas para el bautizo de un primo y durante ese viaje a mi abuela le hicieron un examen del corazón, según el doctor todo estaba bien y la envió a casa… Al llegar quiso recostarse un poco a descansar y al rato la encontraron muerta, su corazón no aguantó el examen que le habían hecho y el doctor no se dio cuenta que había algo mal. Le dio un infarto.

En ese mismo momento yo me encontraba en el colegio, en un juego de kickingball y para el momento en el que moría me toco darle al balón… no olvidaré la fuerza que me salió en el último momento y envié la pelota lejísimo, de hecho todas las bases estaban llenas y ganamos el juego… Simplemente sentí su muerte y no me di cuenta de eso sino mucho tiempo después.

Ese día mi papá nos dijo a mis hermanos y a mí que viajaríamos a Caracas a ver a la abuela… Nos fuimos en avión a primera hora de la mañana y llegamos a casa de mi abuela paterna. Recuerdo que nos sentamos en una salita y mi mamá nos dijo que el día anterior Papá Dios había decidido llevarse a la abuela… Nunca olvidaré mi desespero, no podía parar de llorar, veía a mis hermanos llorar desconsoladamente y mi papá, mi papá tampoco podía parar de llorar, esa ha sido la única vez que he visto llorar a mi papá…

A mi hermano menor y a mi no nos dejaron ir al funeral, decían que éramos muy pequeños para eso y que era mejor recordarla como era en vida… Nunca podré aceptar el hecho de que no me dejaran despedirme de ella, no me pude despedir la última vez que la vi y tampoco cuando murió.

Al día siguiente del entierro fuimos al cementerio, su tumba estaba repleta de flores, mi mamá nos dijo que viéramos esas flores y nos diéramos cuenta que tan amada había sido nuestra abuela. Mi hermano menor sólo miraba al cielo y decía “yo no la veo”, pues siempre nos repetían que se había ido al cielo, y mi primito, que tendría como 7 años, lo único que hizo fue colocar unas monedas sobre su tumba en un acto de completa consideración al pensar que le haría falta dinero donde fuera que ella estuviera.

Yo le hablé con el pensamiento, le dije cuanto la iba a extrañar y que lamentaba no haberme podido despedir de ella, que la amaba y nunca la iba a olvidar, mientras acariciaba la tierra que se encontraba sobre su tumba… Momentos después nos encontrábamos en la oficina donde se escogen las lápidas y las inscripciones escogiendo la lápida y la imagen que se colocaría, en este caso la imagen de la Virgen del Carmen puesto que ese era su primer nombre, aunque se le conociera por el segundo. Cuando el señor preguntó si se colocaría alguna inscripción, mi mamá y mi tía dijeron que no, sólo su nombre y las fechas… Yo, que me encontraba viendo las imágenes de espaldas al señor, sin voltear dije “Siempre estarás en nosotros” y volteándome le dije (con el dedito índice parado y todo) Siempre estarás EN nosotros señor, no CON nosotros… Él con su cara impávida vio a mi mamá y a mi tía, ambas con lágrimas en sus ojos le dijeron que sí, que colocaran eso… Y así fue…

Nunca podré describir lo mucho que llenaba mi vida y el vacío que dejó cuando se fue. Sólo lamento no haberla tenido un poco más, disfrutarla un poco más. Me hubiese encantado que estuviese el día de mi primera comunión, tanto que hablamos de ese día, ella que me enseñó a rezar, a ir a misa todos los domingos, ya hoy mis creencias son otras pero para ese entonces ese fue un vínculo que unió muchísimo. Me hubiese encantado que conociera mis hijos y los viera crecer.

Compartíamos tantas cosas que nadie nunca entenderá y que nunca compartiré con nadie más…

Sé que donde estás eres feliz y estarás esperándome. Te Amo Gua Gua.

“Siempre estarás en nosotros”

Dani