Viviendo en el Paraíso (?)

Cuando las personas se enteran que vivo en Punta Cana, de una vez asumen que tengo una casa frente al mar, que debo tener un color espectacular, que me paso los días en la playa, que vivo en el paraíso pues.

¿Alguna vez han escuchado eso que algunos dicen “No es lo mismo turismo que emigración”?

Bueno, éste es el perfecto ejemplo de ello. Todo el que ha venido de vacaciones a Punta Cana, ha tenido la dicha de llegar a un resort todo incluido rodeado de magníficas instalaciones y a escasos metros de una de las más espectaculares playas del universo. No obstante, el 95% estas personas no salen de las instalaciones del hotel más que para volver al aeropuerto y aún así no se dan por enterados acerca de la realidad que hay afuera de ese pedacito de cielo.

Ciertamente cuando yo llegué a vivir aquí, pensé lo mismo y es que durante un año trabajé en un hotel y toda mi vida giraba en torno a él. Vivía en el alojamiento para empleados que está al lado del hotel, comía en el hotel, lavaba mi ropa en el hotel, es decir, por mucho tiempo nunca tuve la responsabilidad de llevar una casa y tenía oportunidad de disfrutar a plenitud mis días libres. Hacía lo único que encontraba lógico, ir a la playa cada vez que podía. Incluso a veces comenzaba a trabajar a las 3 de la tarde y me iba full temprano a la playa, y al mediodía me arreglaba para ir al trabajo. No tenía que preocuparme por pagar las cuentas, tenía quien me limpiara el cuarto todos los días, podía pasar el día entero con el aire acondicionado encendido y no angustiarme por la cuenta de la luz.

Obvio, no siempre todo lo que brilla es oro. La comida no era lo mejor del mundo y la calidad laboral no era la perfecta, de hecho era bastante intolerable, al punto que decidí renunciar. Aquí es cuando la mano de la realidad me dio mi buena cachetada. Me tocó darme cuenta de ese mundo que no se nota o que se disfraza muy bien cuando se está rodeado por toda esa maravilla de instalaciones que nunca fallan, cuando te encuentras rodeado de personas extrajeras trabajando contigo y comienzas a notar lo que se vive de verdad día a día en esta ciudad.

Para empezar, en toda la zona no hay ni un semáforo ni un poste de luz, no hay alcantarillas ni desagües por lo que la ciudad entera vive en penumbras y si llueve, entre lagunas. Las calles hasta hace 3 meses eran aptas para hacer un rally de motocross, eso sin contar con que las han asfaltado no menos de 5 veces porque en lo que cae una lluviecita, se levanta la calle entera.

Aquí afuera te encuentras con la especulación más espeluznante que te puedas imaginar, la factura de la luz te puede llegar en 80 dólares mensuales, y si te descuidas y dejas el aire acondicionado encendido un par de horas más de las acostumbradas prepárate para pagar 100 ó 120 dólares.

El transporte público por excelencia son los motoconchos (moto taxi), dominicanos y en su mayoría haitianos que pueden llevar hasta 2 personas en una moto y te cobran 1 dólar por persona la carrera mínima (por 3 cuadras), las guaguas (carritos por puesto) pasan cada 20 minutos y es una sola que pasa por toda la ciudad, no hay rutas. Y ni hablar de los taxis que si se te ocurre, o tienes la necesidad de tomar uno, la carrera mínima cuesta 10 dólares. Por ejemplo, desde mi casa a mi oficina son 16 dólares. Lamentablemente se ha permitido que en la zona se establezca un solo sindicato de transportistas y como es común, han hecho de las suyas acabando con toda las posibilidades de ofrecer un buen servicio para el local (así se le dice a las personas que viven en la zona, sean dominicanas o no). Y por supuesto ni hablar de la gasolina que con decirles esto basta y sobra… Con lo que se llena el tanque de una camioneta, digamos una Toyota 4 Runner, se tiene gasolina para cualquier carro en Venezuela por más de un año (aproximadamente 80 dólares). Con lo que yo lleno el tanque de mi moto, se llena el tanque de esa misma camioneta en Venezuela y sobra para el desayuno de dos.

Cabe destacar que a pesar de todas estas cosas y muchas otras, de las que quizá hable más adelante, se logra conseguir calidad de vida en este lugar (en el que ni un oftalmólogo hay jaja), me siento segura al salir a la calle, no tengo esa constante sensación en la que si alguien se me acerca, automáticamente pienso que me va a atracar, a veces camino escribiendo o hablando por el celular sin riesgo a que me lo arranquen de las manos y ciertamente nunca he escuchado de alguien a quien hayan matado para robarle un par de zapatos o el propio celular (al menos no aquí, sé que en Santo Domingo sí ocurre).

No puedo negar que este país me ha abierto las puertas a oportunidades que nunca tuve en Venezuela y que sé aún no tendré. Que por más que me encuentre a los seres más complicados, irrepetuosos, más vulgares, mala cara, groseros y todo lo que se puedan imaginar, al final del día llego a una casa a la que no le falta nada y al día siguiente puedo comenzar un nuevo día con más ganas y fuerzas de trabajar con la esperanza de algún día poder volver a la tierra que me vio nacer junto a mi familia.