Ojalá

Hoy les comparto un texto que mi hermano escribió en su Facebook hace unos días y que sé que es el sentir y pensar de muchos venezolanos:

Esta canción tiene la capacidad de hacerme sentir algo que no siento hace mucho tiempo: esperanza, además de nostalgia por una época más simple, mi niñez.

He vivido toda mi vida con miedo y con rabia, en un país hostil, de insultos, de carencias y de balas.

Este movimiento, más que político, es espiritual; es producto de un cambio de conciencia. Hay un mar de gente hermanada en la calle, girando alrededor de una misma idea: trabajar en conjunto, con disposición y conciencia para resolver nuestros más básicos problemas y necesidades.

Hay quienes usan el dinero para comprar armas de guerra y otros que desean construir parques y escuelas. No hay que ser un genio para saber cual es el camino.

Todos estamos en el mismo barco y el voto colectivo decide el rumbo que tomamos, no debe haber indecisos, nos queda aún una semana para mejorar nuestra mano.

Tengo fe que pronto estaremos celebrando, que lloverá café en el campo, que pronto habrá prosperidad y abundancia, que viviremos todos como hermanos.

 

¿Mejor país para vivir?

¿Mejor país para vivir?

asked by Joalfredg

Para mí, en un país donde la gente se respete, donde exista entendimiento y un grado de tolerancia mínimo. Donde los valores tengan “valor” y, donde no predomine la agresividad del verbo y el abuso de poder (no sólo del gobierno sino en general). Esto por decir poco pero creo que podría conformarme con eso en principio.

Más uno

Hoy me despertaron con un mensaje de cumpleaños muy especial, y en él venía el texto que les comparto a continuación. Creo haberlo leído un par de veces antes pero nunca me había sentido tan identificada con cada letra, con cada palabra y cada párrafo.

Es por eso que se los comparto, porque representa exactamente lo que siento y vivo en estos momentos. Eso sí, siempre siempre con el interés de seguir creciendo.

¿Que cuántos años tengo?

 

Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo…

¡Qué importa eso!

Tengo la edad que quiero y siento. La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso. Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.

Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello.

Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir: Eres muy joven… no lo lograrás.

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.

Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Que cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas… valen mucho más que eso.

¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!

Lo que importa es la edad que siento.

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.

¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!

Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.

José Saramago

Y se fue el 2011

Año tras año, a finales de diciembre, mi familia recibe una carta de un tío al que quiero mucho y que vive muy lejos desde hace mucho.. Se ha vuelto en una suerte de tradición y junto a eso, yo, cada año, espero con ansias esta carta. Siempre logra arrancarme sonrisas, suspiros, alegrías y muchas veces lágrimas llenas de nostalgia. En fin, es una montaña rusa de emociones y nunca adviertes a dónde va a llegar.

La carta de este año no fue la excepción, si bien en ésta no hizo referencia a su añoranza por nuestras costumbres decembrinas (como casi siempre nos lo hace recordar) o lo mucho que extraña las comidas venezolanas, las risas, los cumpleaños, nacimientos y celebraciones que se ha perdido, su preocupación por la situación del país y los que aquí estamos, pretende llevarnos a la reflexión y por supuesto nos invita a subirnos en esa montaña rusa de emociones de la que nunca me aburriré.

Hoy quiero compartirla con ustedes y de esta manera abrir el año en el blog, que bastante abandonado lo tengo, lo sé (no me lo recuerden) y así, muy oportunamente comprometerme a dedicarle más tiempo a este espacio, que como ya muchas veces he dicho, se ha convertido en mi desahogadero, en mi catalizador y gran compañero.

¿Cómo?  ¿Ya pasó otro año?

Es lo mismo cada año.  Nos sorprendemos preguntándonos qué pasó con los otros 364 días y cómo llegamos tan rápido a otro fin de año.  Nos da la tentación de decir “Sí, el tiempo vuela” pero nos damos cuenta, como nos lo recordó Einstein hace ya tantos años, que el tiempo no vuela y ni siquiera pasa.  El tiempo es totalmente relativo y es tan inescrutable y complicado de comprender como lo es la gravedad (¿Qué? ¿Crees que entiendes a la gravedad?  ¡Ufa!  Tenemos mucho de qué hablar).

Entonces, el tiempo es relativo, lo cual quiere decir que pasa en formas que en realidad no podemos medir. Tu reloj de pulsera en realidad no mide el tiempo.  Esa maquinita que llevas amarrada a tu muñeca  simplemente define el tiempo de acuerdo a la base arbitraria sobre la cual lo construimos, convenciones sobre los segundos, minutos, horas, días y meses sobre las cuales nos hemos puesto de acuerdo (bueno, muchos de nosotros; otros utilizan sistemas diferentes, como los diferentes calendarios comunes en otras partes del mundo). Entonces, ¿cómo pensamos o sentimos acerca de esta cosa que llamamos “el tiempo”?

Presentimos que el tiempo es un material precioso, algo que debemos utilizar sabiamente, sin importar como lo medimos.  A pesar de que llevamos puesto relojes para poder comunicarnos y mantenernos en sintonía con nuestros colegas y asociados, a veces dejamos el reloj atrás porque se convierte más en una carga que en una herramienta.  Por ejemplo, el tiempo que pasamos leyendo un buen libro no se puede medir en minutos o en horas.  Se mide en sentimientos, emociones y pensamientos.  A menudo pasamos un largo rato en un párrafo escrito particularmente bien y pausamos allí, disfrutando la construcción de una frase, un diálogo inspirado o la descripción de un lugar muy lejano.  Así mismo, el tiempo que pasamos escribiendo una carta o un ensayo, pasa en formas que son sorprendentes, tan rápido y suavemente que nos encontramos deseando que ojalá pudiéramos hacer esto todos los días, por siempre.

El tiempo que pasamos en las primeras horas de la mañana mirando a nuestra pareja dormir a nuestro lado no se puede medir en ninguna otra forma que a través de la emoción profunda.  Este tiempo circula a nuestro alrededor en la suave cadencia de su pausado respirar, en la suavidad de la luz que se filtra a través de la ventana, en el trayecto de un rayo de luz a lo largo de su hombro, y en sobrecogedor sentimiento de asombro ante la enorme fortuna de tener a esta persona aquí a nuestro lado. Pasa en unos minutos; dura toda una eternidad.

Nuestros pensamientos viven en su propio marco aparte.  Pausamos sobre un tema o situación particularmente difícil y el tiempo parece detenerse o ir a un paso minúsculo, un progreso microscópico a través de selecciones y opciones, decisiones y argumentos.  Nos sorprende a veces cuanto tiempo (de acuerdo a nuestro reloj) hemos pasado en un problema en particular.  Y también, con la misma frecuencia, nos sorprendemos por la rapidez de haber navegado a través de un complejo de ideas y haber llegado al clásico momento en que gritamos “¡Al fin!” con satisfacción y felicidad.

Nos sentimos desconcertados sobre el paso del tiempo cuando soñamos, cuando las reglas y convenciones normales sobre el tiempo y el espacio no significan nada.  En este mundo de sueños no nos sorprende viajar a través del tiempo y el espacio, movernos de un lugar a otro en un instante, hablar con personas que han dejado este mundo hace mucho tiempo, desafiar a la fuerza de la gravedad o retar a uno de nuestros demonios; caer al suelo presa del terror ante un monstro imaginario, gritar sin hacer sonido, o amar con una pasión que nos hace despertar con nuestro corazón al galope.  En nuestros sueños, el tiempo no significa nada, tal y como debe ser, pues sin el estamos libres para volar y vagar.

El reloj interno de nuestro cuerpo mantiene su propio paso, manejable a través de nuestros pensamientos y con su propio sentido de la luz, el calor y las estaciones.  La operación de este “reloj” es uno de esos pequeños misterios, pero definitivamente existe.   Este es el reloj que nos dice, infaliblemente, que debemos despertar 5 segundos antes de que suene la alarma; el que nos recuerda que somos un poquito más lentos que el año pasado, o un poquito más pesados.  Es el instrumento que nos permite descubrir las arrugas nuevas en nuestras frente, el que registra la migración de nuestra línea del cabello, los cambiantes tonos del color de nuestro pelo y que se obsesa con esas bolsitas bajo los ojos.  El tictac de este reloj no es parejo o predecible, tan relativo como el universo y tan relevante como nuestros genes.  Es el reloj que nos dice que no perdamos el tiempo en actividades irrelevantes, en disgustos o en falacias; es el que nos ruega que nos concentremos en las cosas “importantes” a pesar de que nuestro cerebro es a menudo incapaz de definir cuáles son esas cosas, sin importar cuán a menudo leemos sobre ellas o las vemos en una lista.  La familia, la amistad, la salud, el amor, la generosidad, el altruismo, la comunidad.  Las conocemos a todas; estamos convencidos de que ellas son las cosas más importantes de nuestras vidas, pero sin embargo…

Nos inquietamos y preocupamos sobre el dinero, sobre el trabajo, sobre fechas y obligaciones y productos; chequeamos nuestro correo electrónico constantemente, a menudo a horas extrañas del día o de la noche, en los fines de semana, en días feriados y en nuestras vacaciones, en nuestras computadoras portátiles, teléfonos y tabletas.  Tenemos 3 o 4 cuentas de correo, facebook, Linked-in, Skype y quién sabe que otra cosa.  Y nunca tenemos tiempo suficiente de mantener todo esto en orden, de balancear la chequera, pagar las cuentas a tiempo, mantener limpia la casa, asegurarnos que comamos por lo menos dos veces al día, y que no olvidemos darles de comer a los gatos y limpiar su letrinita o regar a las plantas. Perdemos el sueño preocupándonos sobre la reunión de mañana. Caramba, pasamos tanto tiempo en reuniones que nos preguntamos cuando vamos a tener tiempo de hacer trabajo de verdad.  Podríamos continuar, pero ya hemos dicho demasiado.

De hecho, tú ya has pasado un tiempo precioso leyendo esta carta y probablemente te preguntas adónde vamos con esto.  Bueno, es una forma de decirte que la lista que mencionamos arriba no es tan insignificante como nuestro mundo diario nos quisiera decir.  Esa lista vive en nuestros corazones y sale a la luz con frecuencia para ser evaluada.  Los elementos de esa lista, la familia, los amigos, el amor, la comunidad, nos hacen invertir nuestro precioso tiempo escribiendo cartas y cocinando ricas comidas, seleccionando pequeños regalos y pensando cómo vamos a compartir nuestro tiempo y nuestra buena fortuna.  Estas cosas nos hacen ir más despacio cuando nos apuramos en nuestro paso por el pueblo haciendo diligencias y nos hacen pausar  y saludar a alguien o sonreír a una cara familiar que pasa; nos hacen apreciar el tiempo que pasamos esperando en una fila en la oficina de correo, o esperando a que la gente desembarque del ferri.  Estas cosas nos hacen parar y acariciar al perro de un caminante, o tomar un desvío zigzagueante solo para ver si alguien está en la tienda o en la oficina.  “Una pérdida de tiempo” puede decir alguien.  Nosotros diríamos “una creación de tiempo.”  Si, así somos de poderosos. Podemos crear el tiempo para cumplir nuestras necesidades y para alimentar a nuestro espíritu; para llenar a otros de alegría o simplemente sacarles una sonrisa.  Podemos construir el tiempo para hacer esa llamada por teléfono que da consuelo y esperanza, o escribir esa carta (y hasta ese correo electrónico) que le brinda luz al día de alguien que sufre o está necesitado.  Podemos crear el tiempo para ser saludables, para querernos y ser queridos y para apreciar las cosas pequeñas de la vida.

Te deseamos éxito creando el tiempo que necesitas para poder seguir tus sueños.

Carlos Luis de la Rosa

Gracias

Hoy hace exactamente un año que creé el blog. La verdad, ya ni recuerdo por qué lo abrí. Tras 63 entradas y más de 4200 visitas, en este pequeño espacio se encuentran los recuerdos de un año pasado, y el comienzo de uno nuevo. A través de él compartí la experiencia de dejar mi país natal para aventurarme en otro completamente desconocido, abrí viejas heridas y traté de cerrar otras no tan viejas. Lo comencé en un país y lo continúo en otro. En fin, se ha convertido en una suerte de catalizador, de pensadero y desahogadero junto a una mezcla de frustraciones, tristezas y alegrías compartidas.

Gracias a los que han estado desde el comienzo y se mantienen, a los que estuvieron al principio y hoy por alguna razón ya no lo están, a los nuevos, a los que constantemente comparten las entradas que les gustan, a los que de vez en cuando dejan un comentario o envían algún mensaje privado para decirme que tal o cual entrada los conmovió, a ti que me lees en silencio y que sin querer dejas una pequeña huella. En fin, gracias por acompañarme en este extraño camino de letras cómplices del tiempo.