Yo sí quiero vivir en otro país

Hace poco más de un año una persona me preguntó si yo no me quería ir del país. La pregunta me tomó por sorpresa y le pregunté por qué me la hacía.

Me respondió que nunca me había escuchado hablar de querer irme y, más aún, que nunca me había oído hablar mal del país y su gente. Que nunca había escuchado que me expresara despectivamente de mi gentilicio y que eso le causaba curiosidad porque la mayoría de la gente hoy en día busca la mínima oportunidad para irse del país, repite la desgracia de país en la que viven o maldice cualquier mínima cosa que le pasa.

A decir verdad, eso me llamó la atención. Es cierto que nunca manifiesto odio hacia el país ni nadie, no me expreso despectivamente de la gente que decide irse o de la que decide quedarse y no había hecho conciencia de ello hasta que me hizo esa pregunta y su explicación.

Este mes, precisamente, cumplo cuatro años de haber regresado a Venezuela. Quienes me conocen saben que la decisión de mi regreso no fue netamente espontánea, se debió a la necesidad de atender una lesión que me había quedado de un accidente que sufrí a comienzos del 2011. Para ser honesta, esa decisión se encuentra dentro de las más difíciles que me ha tocado tomar en mi vida y al llegar a Venezuela juré que me dedicaría a curarme para irme cuanto antes.

Durante meses fue así, no pensaba en nada más. Iba a mis consultas con el médico, a mis terapias y trabajé con la idea de ahorrar para irme, pero las cosas fueron cambiando poco a poco. Me fui adaptando nuevamente a mi gente, cosa que al comienzo me costó muchísimo, a la locura que implica vivir en Caracas, me acostumbré a estar cerca de mi familia y la idea de irme se fue apagando poco a poco.

Ayer hablé de nuevo con esta persona y esta vez me comentó que desde hace unos meses está considerando la idea de irse del país. Secillamente no tolera más la situación y quiere probar suerte en otra parte.

Yo en cambio le conté lo que me había pasado desde el día que me hizo aquella pregunta. Algo de lo que me he venido dando cuenta y he ido madurando desde ese día.

No quiero irme. Quiero ser parte del cambio. Quiero quedarme y ser testigo del cambio de país que vendrá (porque vendrá). Quiero seguir haciendo lo mejor que puedo y aportar mi granito de arena en este momento. Quiero ser parte de esa nueva generación que, gracias a ese granito de arena, verá surgir un nuevo país, un mejor país.

A lo mejor la vida me tiene preparadas otras cosas, sabré yo lo que es querer algo y que la vida te lleve por otro camino, pero al menos eso es lo que quiero ahora y por lo que trabajo.

Así que sí, quiero vivir en otro país, pero en Venezuela.

A un día de un nuevo día II

Hace un año volví al país que había dejado cuatro años atrás en busca de mejores oportunidades, en busca de una mejor calidad de vida, en busca de la seguridad y la confianza que mi propio país no me daba. Regresar, lejos de ser un alivio o una suerte de recarga emocional, se convirtió en un llamado de atención y en un duro golpe para abrirme los ojos.

Me encontré con un país completamente diferente al que dejé, y me sorprendí de lo mucho que se había deteriorado en tan poco tiempo. Descubrí que no importaba cuánto me hablaran mi familia o amigos acerca de la situación, ni que tanto intentaran ilustrarme lo que ocurría a diario, nunca podría haberlo entendido mejor de lo que lo entendí al vivirlo. La inseguridad se ha convertido en la gobernante y cada quien ha asumido estrategias propias para evitar caer en ella. La escasez es el pan nuestro de cada día y la economía pareciese haber caído en un foso del que difícilmente saldrá en muchos años.

Pasé meses en estado de shock. Pasé meses sorprendiéndome cada vez más de lo desmejorado que se encontraba el país. Me impresionaba el cambio de humor en el venezolano. Era increíble salir a la calle, entrar a cualquier negocio y ya no ser recibido por una sonrisa y la alegría característica del venezolano, al contrario la gente estaba más agresiva, todo le molestaba y podías ser maltratado verbalmente por cualquier persona en cualquier momento. La tristeza se reflejaba en la cara de todos los que te cruzabas en la calle. Peor aún, he sido testigo de gente que ha llegado a acostumbrarse a las peores situaciones en una suerte de resignación perenne. Debo admitir que esto me deprimió, y mucho.

No obstante, desde hace unos meses ha ocurrido un cambio, que si bien no fue radical, poco a poco se ha ido notando. Y no es otro cambio que el que viene dado por la esperanza, el cambio que provoca el tener la certeza de que a partir de mañana todo será para mejor en el país. ¿Qué todos debemos aportar para que eso ocurra? Claro que sí, pero ahora será con la seguridad de que ese esfuerzo se verá recompensado.

Siempre lo he dicho y lo mantengo. El cambio tiene que venir desde adentro, si nosotros no cambiamos no podemos esperar que el resto de las personas o nuestra situación cambie. Sé que el cambio en cada uno vendrá cuando sienta que vive en un país con igualdad, cuando pueda salir a la calle y no sentirse amedrentado por no compartir una ideología política o cuando no tenga que hacer maromas e inventarse estrategias para no caer en manos del hampa. Esta transición no será fácil y mucho menos rápida, pero tengo  la firme convicción de que todo será para mejor y que poco a poco, no sólo recuperaremos nuestro país, sino que será mejor de lo que esperábamos, tan bueno como debió ser siempre.

A un día de un nuevo día I

¿Venezuela, qué nos queda?

Hace unos días me topé con este blog y en él me encontré con la entrada que publico a continuación. La razón por la que decidí tomarla  prestada es sencilla: no habría podido expresar de mejor manera lo que la autora dice. Comparto su pesar y tristeza al ver esta realidad reflejada ante los ojos del mundo y que todo  lo que caracteriza a nuestro país pase a un segundo o peor aún, a un tercer plano.

P.D: Gracias por permitirme hacer uso de tu entrada, Coraline.

¿Venezuela, qué nos queda?

Hace unos días transmitieron en una popular cadena televisiva española el programa de “Callejeros” que esta vez visitaba las playas de Venezuela.Cuando supe que transmitirían este programa, como buena venezolana, -porque admitámoslo, donde sea que uno se encuentre y sin importar el tiempo que ha pasado desde que uno salió de su país, uno siempre está recordando la tierra natal y uno intenta estar donde sea que le pongan un pedacito de ella- me ilusioné, pensé que sería un programa en el que se vería lo bonita que es mi gente y mi tierra, pero me equivoqué…

Mostraron Los Roques, Choroní y Margarita principalmente, pero además de las playas y la gente -mucho menos que bonita- lo que también mostraron fue la gran miseria venezolana. La ilusión que tenía antes de ver el programa se convirtió en vergüenza y tristeza; y pese a las opiniones de muchos que manifestaron orgullosos que “es verdad que somos así”, a mí no me parece que “ser así” sea algo por lo que sentirme orgullosa de mi cultura. No niego que hoy en día la mayoría de los venezolanos sean tal y como mostraron en el programa, pero creo que se podía haber resaltado algo un poco más constructivo y no únicamente resaltar la misera que nos rodea.

Entre otras tantas cosas vulgares y marginales que dejó entrever el programa, además del gran contraste entre paisajes tan hermosos y gente tan mediocre, lo que más me impactó fue un señor que entre su “desgracia” aún tiene que dar las gracias por ser “rico”, porque según su manera de verlo, de él para abajo hay gente aún más pobre. En mi opinión este hombre expresó de una forma impresionante la realidad venezolana y la cultura de nuevos ricos y de “quítate tú pa’ ponerme yo” que desde que tengo uso de razón existe en mi país y que evidentemente se ha incrementado desde que Mr. Hugo ha estado al frente de la nación.

Lo que más me duele no es que toda España o el mundo vean o se queden con esa imagen de los venezolanos, sino que un hombre tan mediocre como Hugo haya logrado destruir tanto en tan poco tiempo y sobretodo, que un sólo hombre haya conseguido robarle la ES-PE-RAN-ZA a un gran pueblo.

Entonces yo me pregunto y les pregunto a todos mis compatriotas, ¿qué coño nos queda?

¿Cómo coño puede uno irse pensando en volver alguna vez?, en volver ¿a qué?, ¿para qué? y ¿a dónde, si el cerro lo llevamos dentro?